Consejos de Omaita

18 April 2007

A orillas del Duero (Antonio Machado)

Filed under: Poemas

Mediaba el mes de julio.
Era un hermoso día.
Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía,
buscando los recodos de sombra, lentamente.
A trechos me paraba para enjugar mi frente
y dar algún respiro al pecho jadeante;
o bien, ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante
y hacia la mano diestra vencido y apoyado en un bastón,
a guisa de pastoril cayado, trepaba por los cerros
que habitan las rapaces aves de altura,
hollando las hierbas montaraces de fuerte olor
¿romero, tomillo, salvia, espliego?.
Sobre los agrios campos caía un sol de fuego.
Un buitre de anchas alas con majestuoso vuelo cruzaba
solitario el puro azul del cielo.
Yo divisaba, lejos, un monte alto y agudo,
y una redonda loma cual recamado escudo,
y cárdenos alcores sobre la parda tierra
¿harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra?,
las serrezuelas calvas por donde tuerce el Duero
para formar la corva ballesta de un arquero en torno a Soria.
¿Soria es una barbacana, hacia Aragón,
que tiene la torre castellana?.
Veía el horizonte cerrado por colinas oscuras,
coronadas de robles y de encinas;
desnudos peñascales, algún humilde prado
donde el merino pace y el toro, arrodillado sobre la hierba, rumia;
las márgenes de río lucir sus verdes álamos al claro sol de estío,
y, silenciosamente, lejanos pasajeros, ¡tan diminutos!
¿carros, jinetes y arrieros?,
cruzar el largo puente, y bajo las arcadas de piedra
ensombrecerse las aguas plateadas del Duero.
El Duero cruza el corazón de roble de Iberia y de Castilla.
¡Oh, tierra triste y noble, la de los altos llanos
y yermos y roquedas, de campos sin arados,
regatos ni arboledas; decrépitas ciudades,
caminos sin mesones, y atónitos palurdos
sin danzas ni canciones que aún van,
abandonando el mortecino hogar,
como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar!
Castilla miserable, ayer dominadora,
envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora.
¿Espera, duerme o sueña? ¿La sangre derramada recuerda,
cuando tuvo la fiebre de la espada? Todo se mueve, fluye,
discurre, corre o gira; cambian la mar y el monte
y el ojo que los mira. ¿Pasó? Sobre sus campos
aún el fantasma yerta de un pueblo
que ponía a Dios sobre la guerra.
La madre en otro tiempo fecunda en capitanes,
madrastra es hoy apenas de humildes ganapanes.
Castilla no es aquella tan generosa un día,
cuando Myo Cid Rodrigo el de Vivar volvía,
ufano de su nueva fortuna, y su opulencia,
a regalar a Alfonso los huertos de Valencia;
o que, tras la aventura que acreditó sus bríos,
pedía la conquista de los inmensos ríos indianos a la corte,
la madre de soldados, guerreros y adalides que han de tornar,
cargados de plata y oro, a España, en regios galeones,
para la presa cuervos, para la lid leones.
Filósofos nutridos de sopa de convento
contemplan impasibles el amplio firmamento;
y si les llega en sueños, como un rumor distante,
clamor de mercaderes de muelles de Levante,
no acudirán siquiera a preguntar ¿qué pasa?
Y ya la guerra ha abierto las puertas de su casa.
Castilla miserable, ayer dominadora,
envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora.
El sol va declinando. De la ciudad lejana me llega
un armonioso tañido de campana ya irán a su rosario
las enlutadas viejas?. De entre las peñas
salen dos lindas comadrejas;me miran y se alejan, huyendo,
y aparecen de nuevo, ¡tan curiosas!…
Los campos se obscurecen. Hacia el camino blanco
está el mesón abierto al campo ensombrecido y al pedregal desierto.


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